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En la década del setenta se comenzó a dar a publicidad la introducción de la ecografía como elemento diagnóstico. Ya se conocía el principio en base al cual funcionaba: emisión de ultrasonidos (como emplean los sonares de los barcos para medir la profundidad del agua). Los profesionales estaban familiarizados con la idea, pues ya se empleaba de rutina para escuchar los latidos fetales amplificados, pero costaba comprender que estos sonidos pudiesen ser convertidos en imágenes. Desde los años cincuenta se habían realizado experiencias ecográficas en el embarazo, aprovechando la presencia de un medio líquido (el líquido amniótico en el cual nada el bebé) para la trasmisión del sonido. Estos primeros aparatos eran rudimentarios, de gran tamaño, difícil manejo y peores imágenes.
Llevó muchos años comprobar para qué servía la ecografía. A mediados de la década del setenta comenzaron a llegar a la Argentina los primeros ecógrafos -una suerte de réplica de los instrumentos que utilizaba el doctor Frankenstein en Transilvania-. Se debía recorrer innumerables veces todo el abdomen con el transductor para poder generar una imagen inanimada (sin movimientos) que -con mucha imaginación- se parecía a un bebé intrauterino. Estábamos aún en la era de la ecografía estática. Los aparatos eran voluminosos y las pantallas borrosas.
Sólo en los años ochenta llegaron al país los primeros ecógrafos de “tiempo real” con los cuales es posible ver al bebé en movimiento. Hoy, el pequeño aparato que se emplea permite hacer el diagnóstico de sexo en pocos segundos y con total facilidad. Su reducido tamaño alberga la capacidad de una gran computadora y las imágenes que ofrece son de calidad fotográfica.
Tranquilidad ante todo
Mucho se ha dicho acerca de los posibles daños que podría causar un número excesivo de ecografías realizadas a un bebé durante su primer trimestre de vida intrauterina. De hecho, nada ha podido ser comprobado fehacientemente. De todas formas, son excepcionales los casos (generalmente amenazas de aborto) en los cuales deban efectuarse múltiples ecografías. Con certeza, una sola por trimestre no hace daño alguno.
La ecografía nos permite seguir al embrión desde la quinta semana (cuando por vía vaginal se ponen en evidencia por primera vez los latidos cardíacos). Con ella podemos evaluar su crecimiento y su desarrollo anatómico. Es habitual practicar tres ecografías “de rutina” durante el embarazo. Se puede saber desde temprano si se trata de un embarazo único o múltiple, así como detectar oportunamente numerosas malformaciones fetales. Es de importancia el conocimiento que esta técnica nos brinda acerca de la ubicación y funcionalidad placentaria.
La introducción de la ecografía vaginal abrió nuevas perspectivas en el diagnóstico precoz de las alteraciones del embarazo. Antes, era casi imposible visualizar al embrión antes de la 6a. o 7a. semana, y sólo hacia la 8a. se podían registrar los latidos del corazón.
La mayoría de las malformaciones fetales graves pueden ser diagnosticadas durante el transcurso del embarazo empleando ecógrafos de alta definición. No obstante, la técnica es falible y pueden darse falsos diagnósticos -tanto de normalidad como de anormalidad-. Es por ello que en los centros responsables, por lo general se realizan varios estudios seriados antes de emitir un diagnóstico de certeza. No se trata de una cámara de televisión en colores. La imagen que llega a la pantalla a través del transductor que se coloca sobre el abdomen de la embarazada registra lo mejor que su tecnología le permite a un feto en constante movimiento. Por ello no debe generar desconfianza si un diagnóstico es modificado luego de un segundo o tercer estudio.