Desde siempre, las madres han cuidado de sus hijos durante sus enfermedades. Los atienden y velan por ellos y esto no es sorpresa para nadie y menos aun, para los chicos. Pero cuando la situación se invierte y es la ma-
má la que se enferma y la que necesita de todos los cuidados, los hijos se sienten a menudo descolocados y confundidos: algo está funcionando mal. Días pasados una madre me comentaba al respecto: “Estuve engripada, con tanta fiebre que necesité quedarme en cama algunos días. Mas allá de mi malestar por el estado gripal, mi mayor sorpresa fue ver la reacción que tuvo uno de mis hijos frente a la enfermedad. Estaba como enojado conmigo y de mal humor, como si yo me hubiese enfermado a propósito para molestarlo o hacerle daño. No quería entrar a mi pieza ni contarme nada de lo que había hecho en la escuela y cuando me hacía algún favor, se le notaba su cara de disgusto. Desde que nacieron los chicos es la primera vez que me quedo en cama por una gripe y nunca imaginé una reacción de este tipo”.

La actitud de enojo que tan abiertamente expresa este niño en su conducta, aunque nos llame la atención, es bastante frecuente. ¿Pero por qué estar enojados y no tristes? ¿Por qué creer que los padres enferman ex profeso para lastimarlos? ¿Es que acaso por ser grandes no pueden también ellos ser merecedores de un poco de afecto y atención?

Cuando las funciones naturales de cuidado y protección están invertidas, cuando el que enferma y requiere atenciones es justamente aquel que debe darlas, los niños sufren una profunda sensación de desamparo. Son los padres los que por ley natural, cuidan y protegen a sus hijos hasta que llegan a la vida adulta. Así garantizan el crecimiento en un marco de seguridad y amparo. Cualquier situación que ponga en riesgo esta función paterna, asusta y angustia mucho a los chicos. ¿Que harían ellos si sus padres no pueden continuar criándolos? ¿Como sobrevivirían? ¿Quién podría brindarles ese afecto imprescindible e irreemplazable de todos los días?


Estas preguntas, claro que en forma inconsciente, son las que se les imponen en momentos como éstos. Y por eso están enojados y hasta parecería que no perdonan. Enojados porque sienten que sus padres, al enfermarse e invertir las posiciones, los abandonan y los descuidan y por lo tanto, a su entender, no los quieren lo suficiente. Pero además, los chicos -lógicamente- no están en condiciones de evaluar la magnitud ni la gravedad real de cualquier enfermedad. Y en su fantasía, el riesgo de muerte y, por lo tanto, de pérdida está siempre presente.
Si a esto se le suma ver concretamente a la madre vencida por la fiebre, la fantasía tiene visos de realidad y la angustia es aun mayor. Por eso, cuando la enfermedad es menor, es bueno que ellos lo sepan. Y para eso hay que hablarles y escuchar con atención sus preguntas.
Todo lo que contribuya a separar y despejar fantasía de realidad ayuda a calmarlos y tranquilizarlos. Pero si bien es cierto que los chicos se enojan con sus padres cuando éstos enferman, no es menos cierto que a los padres les duele el enojo. Y para no sufrirlo, hay que entender que no responde ni a una actitud egoísta ni mucho menos a la falta de amor hacia sus padres.
Por otra parte, no todos los hijos reaccionan igual cuando los padres se enferman.

Hay otras respuestas que dependerán de la edad y de las características afectivas y personales de cada uno. Están los que los protegen y cuidan con dedicación o los que ignoran la situación y actúan como si nada pasara. Pero sea cual fuere la actitud tomada, cuando los padres se enferman, los hijos se angustian y no sólo porque los quieren y no desean que sufran, sino fundamentalmente por el gran temor de perderlos.

Luna Lic. Adriana Contis




Leave a Reply