Siempre hay que hablar claramente a los niños. Ningún adulto tiene derecho a ocultarles información o a argumentar eso de ‘ ‘eres muy pequeño para entenderlo”. Los padres están obligados a ponerse a la altura de los hijos, con un lenguaje adecuado a su edad y no a esperar a que los hijos lleguen a su altura con el paso del tiempo.
“Lo esencial -escribe Jacqueline Burgoyne en su libro El divorcio, los hijos y usted, ediciones Medici, es que los niños estén al corriente de lo que se prepara al comienzo del trámite y de lo que se decide a su final, aunque se trate de niños que aún no caminan.” Esto, que puede parecer exagerado, no lo es tanto. Los bebés pueden entender mucho más de lo que imaginamos, al menos sabrán percibir nuestra disposición a cuidar de ellos con el mismo amor y a permitir que el padre que no tiene su tenencia lo vea y lo atienda siempre que sea posible.
Es muy importante que los padres traten de ser honrados y respetuosos con los hijos: si existen dos versiones, los niños tienen derecho a oír las dos, pero sin olvidar que cuanto más contradictorias sean, más daño van a causarles. Deben procurar, aunque les resulte muy difícil^ que la información que den no deje traslucir el rencor que sienten hacia el otro. Y por supuesto, no hablar mal jamás del padre ausente; entre otras muchísimas razones, porque al insultar al cónyuge se insulta a los niños, que tienen -y ellos lo saben- un poco de cada padre.
Conviene que la vida de los hijos se altere lo menos posible. Según la psicó-loga francesa Frangoise Dolto: “Si es factible, lo mejor es que los hijos no cambien de casa y que sean, alternativamente, los padres los que vayan a cumplir sus ‘deberes paternos’ “.
Pero tampoco se debe caer en la tentación de prometerles que nada cambiará, las promesas incumplidas les hacen mucho daño, les crean inseguridad. Vale más afrontar abiertamente los cambios que vayan a ser inevitables y no andarse por las ramas, inculcándoles unas ilusiones que más tarde no podrán hacerse realidad.
El momento del reparto
Lo ideal sería que ambos cónyuges estuvieran de acuerdo a la hora de decidir con quién se quedan los niños, para transmitirles una sensación de seguridad. “Pero si esto no es posible”, dice la psicóloga Jacqueline Burgoyne, “se le debe ahorrar al niño la responsabilidad de tomar la determinación de con qué padre quiere vivir. No es su decisión, los dos siguen siendo sus padres aunque estén separados y no puede, ni debe, rechazar a uno en favor de otro”.
Los padres deben asumir -por sus hijos y por ellos mismos- que el divorcio están “honorable” como el matrimonio. Una separación es dolorosa, traumática, angustiosa…, pero no vegonzosa. No se trata de anular el pasado, sino de remediar una situación que no beneficia a nadie. Y hay que hacerles entender a los niños que, si bien el divorcio termina con el matrimonio de sus padres y con la convivencia, no acaba con la relación padres-hijos. Los niños pueden pensar que sus padres intentan anular el compromiso adquirido, y que como ellos son el resultado vivo de ese compromiso, intentan suprimirlos también de sus vidas.
Afectos comprados
Es fundamental que el padre no trate de hacer el papel de papá-rey mago, intentando conseguir al niño a través del chantaje sentimental, pintándole un mundo maravilloso a su lado para que el pequeño elija ir a vivir con él. Lo más adecuado es que ambos traten de comportarse con toda naturalidad respetando las normas que existían en la familia, sin sobornarlo con regalos ni ser excesivamente permisivos. Tampoco se le debe dejar que manipule la situación. Los niños son muy hábiles a la hora de detectar cuándo sus padres se sienten culpables, y si descubren que son vulnerables, tratarán de influir en esos sentimientos. A veces, incluso se hacen los desgraciados, frente a los padres, para sacarles cosas o para herirlos.
Es también importante que el contacto-con el padre ausente sea muy intenso, incluso cuando se trata de bebés muy pequeños. Las visitas, las llamadas telefónicas y las cartas, le dan al niño la seguridad que necesita en esos momentos. Para él es básico saber que sus padres están ahí, que lo quieren y que no le van a faltar, vivan juntos o no.
En algunos estados norteamericanos, el matrimonio con hijos menores para llegar al divorcio tiene la obligación de asistir a seminarios donde se les muestra en qué medida se ven afectados los niños por la separación. Si se niegan a concurrir, su caso no es considerado por el tribunal. El objeto de este procedimiento no es impedir que las parejas se separen, sino disminuir las consecuencias que el divorcio trae sobre los hijos. Se pretende no mezclarlos en las disputas de sus padres.
Nuestro país, si bien muy lejos de las estadísticas norteamericanas en cuanto al divorcio se refiere, tiene la misma problemática, que es universalmente común: los hijos son las víctimas inocentes del divorcio de sus padres.
MaríaQuinones